viernes, marzo 26, 2010

El Necropolita - XI




XI


P. Brotons descubrió su verdadera naturaleza a los diez años de edad. En el colegio donde estudiaba (por supuesto, religioso y de pago), existía un vieja tradición muy arraigada entre los niños de grados inferiores: las carreras de caracoles.

P. Brotons, por entonces “Pablito”, tenía el más veloz de los corredores metido en una caja de zapatillas “Paredes”. El susodicho animal había sido bautizado como “Estrella fugaz”, y realmente era veloz (todo lo veloz que puede ser un bicho que se arrastra sin extremidades). Pablito estaba muy orgulloso de él. Pasaba largos ratos observándolo, e incluso cuando nadie le veía, le recitaba poemas de su propia invención para darle ánimos. La verdad es que por aquél entonces, Brotons ya no estaba muy en sus cabales (eso decía el psicólogo del centro a sus estrictos y temerosos de Dios progenitores). Cierto es que costumbres como la de hablar a una babosa, comerse los restos de bocadillo que sus compañeros arrojaban a la basura, incluso hablar consigo mismo cuando no se sentía vigilado, habían contribuido a formar imagen extravagante de Pablito ante los ojos de terceros. Pero, y aún a pesar de los numerosos castigos a los que sus padres le sometieron como consecuencia de aquellas rarezas, el pequeño mantuvo una cierta estabilidad. Pero el día 24 de mayo del sexto curso de Pablito, algo se desconectó para siempre en su alma. Era el día de la Patrona del Colegio, y todos los muchachos (el colegio no era mixto) disfrutaban de una soleada mañana de ocio amenizada por los juegos que los curas habían organizado en el extenso patio del colegio. Había carreras de sacos, gyncana, campeonato de triples e incluso mesas de ajedrez para los más intelectuales. Pero la mayoría de los chiquillos prefería divertirse a su aire, con sus propias actividades, normalmente al borde de lo prohibido. En un extremo del recinto, cerca de una inmensa pinada, varios de aquellos mozos formaban un moderadamente concurrido círculo de espectadores. Se trataba de la carrera de caracoles. El “Alma Mater” de los divertimentos al aire libre. En el centro del grupo, Pablito animaba a su caracol, “Estrella fugaz”, a correr hacia la meta marcada con dos palitos de chupa-chups fijados en la arena. El otro contendiente, llamado simplemente “Babas”, pertenecía a Martínez, un repetidor del último curso que, según decían, lo era para vengarse de los que abusaron de él durante su E.G.B., aunque fuera sobre otras personas distintas. Pablito gritaba extasiado. ¡Estrella fugaz iba a ganar! Pero entonces Martínez decidió que aquello no iba a ocurrir de ninguna manera, y con un ademán profundamente despectivo y ante la indescriptiblemente aterrada mirada de Pablito, aplastó el caracol de éste de un tremendo pisotón. Por un momento todo el mundo calló. Luego Martínez se echó a reir, y, cogiendo a su “competidor” del suelo, dio media vuelta con intención de irse.

De repente todas la miradas se fijaron en Pablito. Algo no iba bien en su rostro. Sus ojos parecían haber adquirido una inquietante expresión fija. También había algo peculiar en su respiración. El ritmo era frenético, casi inhumano. Un sacerdote había dicho que el demonio estaba entrando en él. Y así era, en cierto modo, puesto que lo que más tarde le hizo a aquél muchacho repetidor en uno de los desiertos pasillos del ala norte no podía responder más que a una mentalidad diabólicamente organizada.

Nadie supo cómo Pablito Brotons consiguió que un muchacho de dos veces su tamaño se comiera todas aquellas lombrices a bocados. Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que Martínez, de alguna manera coaccionado por la voluntad de Pablito, vomitó toda aquella masa gris-marrón de insecto regurgitado sobre el atónito rostro del director del colegio. Martínez, o más bien Pablito según los rumores, había esperado para la “descarga del material” al momento en que el director, Don Justo, se agachaba para coger el libro de cantos, y justo en ese instante de la misa, adelantándose hacia el cura, le roció con una desagradable papilla de inmundicia toda su perfecta y pulida calva. Aquel día de mayo el mundo entero supo que la compasión de Brotons, definitivamente, había fallecido.



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viernes, marzo 19, 2010

El Necropolita - X





X


Extracto del Diario Oficial de la Provincia de Alicante de 12 de agosto del 2010.


“ (…) dicha contratación de operarios será efectuada tras el preceptivo concurso y evaluación psicotécnica, bajo la estricta supervisión de un comité evaluador formado por el Secretario General, psicólogo y el Secretario del comité de Seguridad y Salud del Excelentísimo Ayuntamiento de Elche. El Ayuntamiento compromete el citado capital logístico y dinerario en orden a la óptima consecución de los siguientes objetivos:

  • Primero. Todo tipo de labores de repoblación forestal sobre la zona anteriormente referida.
  • Segundo. Desinfección y limpieza en general (véase Punto 2: “Plagas”).
  • Tercero. Acondicionamiento y puesta en marcha de una mínima infraestructura capaz de sostener la utilidad pública a la que está ofertada dicha zona.”


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viernes, marzo 12, 2010

El Necropolita - IX




IX




P. Brotons contemplaba a un enfermo y andrajoso a través del cristal de espejo que daba a una gran habitación. Sufría una gran conmoción desde el lunes. Sin embargo, una pequeña sonrisa surcaba su orondo rostro bronceado.

Desde que llegó al cargo de concejal, todo el mundo le había tratado con sumo respeto, e incluso a veces, con miedo. Y así era como debía ser. Él era el amo de dos cosas: la policía y el alcalde. Ala policía la había comprado. Al alcalde lo había coaccionado y chantajeado. Y de hecho aún seguía haciéndolo. Cuando Brotons le propuso al alcalde las obras de acondicionamiento del pantano, éste, pese a saber con certeza que la verdadera intención de tan loable obra pública era la pura y dura especulación inmobiliaria, tuvo que ceder y autorizar. Dyango M. quería a su familia. Y esa era su debilidad, pues P. Brotons no quería a nadie más que a sí mismo. Y así era como debía ser. Alguien le pasó una llamada al móvil: “le llama el señor alcalde”.

— Muy bien, ya me encargo.
— ¿Brotons? ¿Me has hecho llamar? — exclamó una voz metódica al otro lado del auricular.
— Sí. Supongo que estás al corriente de lo que hemos encontrado, ¿no?
— Sí, pero no entiendo por qué no podemos entregarlo a la justicia. Parece que es peligroso…
— ¿Podemos? Vamos a ver… ¡¡Tú no puedes nada!! ¡Aquí mando yo saco de mierda!
Se hizo un tímido silencio en la línea. La voz del alcalde sonó débil.
— Está bien, lo que tú digas, Brotons.
— Así me gusta. Ahora vas a procurar por todos los medios que nada de esto se sepa. Yo ya me he encargado de los municipales y de los operarios.
— ¿Nn-no di-di-dirán nada?
— ¡Estúpido! Nadie abrirá la boca si yo no lo ordeno, y eso no te excluye a ti.
— Lo-lo siento.
— ¡¡Cállate!! Lo único que tienes que hacer es cumplir a rajatabla el plan que te he mandado. Y recuerda que tú tienes una gran parte en el asunto…
El alcalde quiso abrir la boca, pero como si Brotons lo hubiera adivinado:
— Más te vale comerte tu trozo de tarta, Dyango, porque si no, va a haber algunas personitas que tendrán que hacerlo por ti… y mi tarta es muy indigesta. ¡¿Queda claro?!
— Sí, Brotons.
TUUUUUUUUUUUUUUT


Brotons volvió a sentirse sólo frente a la figura del otro lado del cristal. Su cautela a la hora de ocultar los cadáveres había sido fruto del miedo a no poder sacar producto de los terrenos del pantano. Sin embargo, desde que le informaron de lo que una cuadrilla de obreros ebrios había encontrado dos días después al lado de la Necrópolis, su atormentada psique se había tornado en un hervidero de actividad.



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viernes, marzo 05, 2010

El Necropolita - VIII




VIII



Efrén no podía moverse. Tenía todo el cuerpo entumecido por el miedo y estaba reclinado sobre un costado en posición fetal. Alrededor de él se extendía la pequeña habitación natural que había sido su refugio durante los últimos meses. Tampoco podía decirse que su mente corriera mejor suerte que el físico, aunque soñaba cosas. Cosas maravillosas. De hecho estaba en un mundo de accidentes de tráfico, mutilaciones y violaciones donde no existía la ley y donde por alguna extraña razón, él era el que mandaba. En el momento en que Efrén le estaba bajando las bragas a una inocente virgen, algo se movió en la entrada de la cueva. — ¡¡No, no podían ser ellos!! — gritó su pensamiento aún a riesgo de sacarle del letargo. No obstante, y pese a que ante los ojos de cualquiera era evidente que quienes le miraban asombrados eran obreros, Efrén decidió que por fin el Cielo se había acordado de él y había mandado algunos ángeles a buscarle. — Te he servido lo mejor que he podido — pensó justo antes de caer en un negro vacío.



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Necesitamos la guillotina ¿o no?

Infantes de la patria, la sangre nos llama, las cabezas deben rodar. ¿O no?. Quizás sea mejor no preocuparse por nada.

Sampedro: "Nuestro sistema económico está descompuesto" (En Días Como Hoy)


Agradable entrevista. Un poco pedante y pelota la parte final (como siempre) de Carlos Santos.

viernes, febrero 26, 2010

El Necropolita - VII




VII



La inesperada aparición de normes máquinas, aquel viernes de verano, conducidas por unos nada indefensos operarios, hicieron a los ojos de Efrén salirse de sus nichos craneales.

«¡Algo está pasando!, ¡esto no es normal!» eran los pensamientos en forma de luces de neón rosa que circulaban por el inexplicable razonamiento de Efrén, entre las chispeantes neuronas violetas y doradas. «¡¡aaaaaaaAAAAGH!!»

Corrió poseído hacia su guarida, cual gato en celo persiguiendo a su gata. «Buen Amo, que nadie se acuerde de Los Antepasados…» rezaba mientras los vasos sanguíneos en su cabeza latían acelerados. «…que a nadie… ¡A NADIE SE LE OCURRA VISITAR LAS TUMBAS!». Se dio cuenta que no sólo rezaba en su mente sino que gritaba en el monte. Estaba aterrado. Sus sienes palpitaban, obligadas por un corazón nervioso y temeroso que bombeaba sangre sin descanso.

Cuando llegó a su escondrijo, entró en un estado de letargo que podría haber durado tanto como el de Syd Barret, famoso explorador del cosmos, que en los años ’60 del siglo pasado recorrió la vía láctea y otros caminos sin necesidad de traje espacial: muy especial. Durante un viaje aterrizó en Catatonia y allí se quedó como un ciudadano Catatónico más.


El descubrimiento no se hizo esperar. A media mañana del lunes, primer día de trabajos, aquellos “responsables” cerveceros que manejaban monstruos de gran calibre, dieron con el hallazgo: un coche enganchado a la descomunal cuchara bivalva que extraía cieno. La pluma depositó el vehículo en el suelo y a medida que se fue vaciando, comenzaron a asomar unas cabezas, y no de clavos precisamente, aunque sí muy grises.

La procesión de cadáveres continuó con 6 ó 7 más hasta el mediodía y el hedor que profería alguno de ellos era, a veces, superior al del cieno extraído. No todos amanecían enteros, por supuesto, el evidente estado de descomposición realmente los descomponía. Además los dientes de la cuchara no eran nada cuidadosos.

Cuando salió la extremidad inferior de un tercer cadáver, el concejal Brotons ya estaba presente. Tanto él como la policía fueron pronto avisados del suceso, pero la noticia no debía llegar a ser noticia. Los ciudadanos NO DEBÍAN OLER(SE) lo que allí había. Y eso no era fácil, aunque la zona ya no tuviese la afluencia de visitantes que tenía antes del calentamiento del planeta, de la extensión del paludismo, malaria y otras enfermedades más allá de los trópicos y de la cantidad de mosquitos que aquel pantano generaba, sobre todo a partir de los meses de marzo y abril.


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domingo, febrero 21, 2010

La infancia siempre fue mejor

Las olas trepaban por los balcones,
serenidad tormentosa reinaba,
muchos siglos mi mente recordaba
aquella feliz infancia de cojones.

Bicicleta, soles y frigodedos.
Playa, siestas, envidia y alegría.
Amigos extranjeros mediodía.
Tomates con arroz y atún rellenos.

Vacaciones alegres no volverán.
Trampolines de vecinos extraños.
Nublada tarde se acerca el huracán.

Pasan y pasan estrechos los años,
entre míseros cúmulos de astracán
seguidme niños nenes en rebaño.

viernes, febrero 19, 2010

El Necropolita - VI



VI



Recorte del diario INFORMACIÓN del día: miércoles, 27 de julio del 2010.




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viernes, febrero 12, 2010

El Necropolita - V





V



Efrén llevaba sólo seis meses en su santuario, pero ya había matado a más de quince personas, sin contar su maniobra con el transporte público. Quince almas que ya no tendrían que purgar sus pecados. Efrén los había salvado.

Ahora los cuerpos de aquellos desgraciados habían pasado a formar parte del patrimonio biológico del pantano — donde con toda seguridad ya no podrían contagiar la gripe — y Efrén estaba empezando a sentir que la cada vez más cercana mano de Dios estaba guiando sus acciones de forma casi directa: el movimiento de una hoja, la curiosa forma de una nube, o incluso el lento discurrir del sol en el cielo eran señales que, con una adecuada atención, podían interpretarse como órdenes de aquel cuya morada era el universo.

Efrén recordó la tarde en que tras despejar de piedras la carretera, y bajo el tremendo hedor a carne asada proveniente del barranco, había atado por fin todos los cabos sueltos de su vida: «claro, Él me puso a prueba durante todo este tiempo… sólo se aseguraba de mi entereza.»

Efrén se dio cuenta que las palizas de su padre sirvieron para curtir su espíritu y prepararlo para el FIN. «¡¡Claro!!»

Más tarde entró al instituto y todo el mundo se dio cuenta de su problema de incontinencia urinaria (uno de los “regalos” que Papá le dejó antes de morir por sobredosis de barbitúricos). El hecho de que todos se burlaran despiadadamente de él, llamándole “El Chorro” y “El Agüitas”, no era más que un guiño del señor a su espíritu elegido. Ahora se sentía verdaderamente realizado. Y el hecho de que nadie en el mundo exterior hubiera advertido su labor le llenaba aún más de gozo.


Efrén dio un respingo. Los faros de un coche cortaban el denso aire del anochecer. Se vislumbraban apenas dos figuras en el interior. Una pareja. Efrén conocía la naturaleza de aquellos “asquerosos contubernios” entre infectos. ¡Querían propagar su inmundicia a través del fruto de esas uniones! El elegido ya se había encargado algunas veces de hundir bajo las aguas aquellas infernales intenciones. Y ese día no iba a ser una excepción.

Efrén les sorprendió en pleno acto. Era curioso que los enfermos tuvieran fuerzas para semejantes actividades aun a sabiendas de su cercano fin. Les obligó a permanecer en el interior del vehículo, y tras soldar las puertas con un soplete a gas, le indicó al hombre que abriera una ventanilla. A continuación Efrén sacó el panal de avispas que había traído consigo en una caja de madera recubierta con una fina tela. La arrojó a los asustados amantes. Cuando el hombre intentó salir por la ventanilla, el soplete volvió a entrar en acción y aun a riesgo de recibir él mismo algunas picaduras, Efrén, consiguió que el sujeto prefiriera morir en el interior de su corrupto nido de amor.

Con las picaduras se conseguía una penitencia más completa, ya que la mortificación de la carne aseguraba a las descarriadas almas un camino más recto hacia la salvación.



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domingo, febrero 07, 2010

RESIDUOS NUCLEARES ¿SÍ O NO?




Hoy, por error, he puesto el telediario. Me he enterado que hay un debate nacional sobre la ubicación de los residuos, ya que tardan dos o tres mil años en desintegrarse. Entonces me he dado cuenta del absurdo inherente ¿alguien realmente piensa que la humanidad va a durar tanto?


Pac colgó en noviembre su teoría sobre el Day Off. Tenemos que estar preparados. Creo haber leído en este blog algo sobre pilares de humo que sostienen la bóveda celeste. Además, "el fuego purifica", lo dijo San Agustín.

Rápidamente apagué el televisor, y volví a comprender porqué hace tanto que no veo la TV.
¿Os imagináis a una colonia de hormigas debatiendo sobre supernovas y enanas blancas?


"Dementes son para mí todos ellos, y monos trepadores y fanáticos. Su ídolo, el frío monstruo, me huele mal: mal me huelen todos ellos juntos, esos idólatras."


Así habló Zaratustra.

viernes, febrero 05, 2010

El Necropolita - IV





IV




“Prohibir a un mutante usar sus
poderes es como impedir a un político
besar niños.”

Hank McCoy



La plaza estaba llena de gente. Sobre un escenario central de madera: el candidato a la alcaldía Dyango M. y dos guardaespaldas. El mitin era del “Partido Permanente de Centro”.
Los potentes altavoces comenzaron a emitir acoples.
¡UUUUUUUU!
— Un, dos, tres, ¿sí?, ¿sssíí? —.
— Queridos ciudadanos de Elche. Nuestra amada ciudad ha sufrido muchos cambios a lo largo de los años. Pero lo esencial, lo característico, ha permanecido. — El candidato se dio una pausa para intrigar a la gente. Cuando todos estaban a punto de preguntar “¿el qué?, ¿el qué?”, el político habló de nuevo.
— Sí queridos amigos. Hablo de las tres EFES, es decir, FAMILIA, FONDOS y FAENA. Todos sabemos que la riqueza de Elche reside en estos tres pilares básicos. ¿El resto? Bueno, para nuestro partido el resto son consideraciones de escasa importancia. ¿Escuelas? Ya tenemos muchísimas, muchas más de las que algunos querrían, ¿eeeeh?. — Los niños que escuchaban el mitin rieron con picardía.
— ¿Sanidad? Francamente, considero que las necesidades públicas están más que cubiertas, claro está, para el que aún se atreva a acudir a un hospital público, ja, ja. — Esta vez hubo una risotada general. — Además, Si soy elegido como alcalde prometo insertar en archivos de ordenador, todos los viejos e inservibles volúmenes de la biblioteca municipal y así poder reconvertir el edificio en un verdadero lugar de utilidad pública, donde se harían cursos de cocina para las amas de casa, clases de marketing para nuestros brillantes retoños universitarios, y se fomentaría el espíritu competitivo mediante charlas de los principales empresarios de la localidad.—.
La gente comenzó a aplaudir enloquecida. Aquel discurso había sido brillante, claro que quizás el hecho de que antes del parlamento el candidato había repartido bonos de compra canjeables en las tiendas del centro del anillo contribuía a su entusiasmo.


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viernes, enero 29, 2010

El Necropolita - III


III



Era lunes, 18 de enero del 2010. Paquito no era lunes, pero sí inquieto, vamos, un culito de mal asiento. Tenía diez años recién cumplidos, ¡todo un niño del 2000!, y ese magnífico lunes de invierno se iba de excursión con el cole al pantano. Cachorrillos de todas las edades formaban el “convoy” hacia la diversión, pensado para aquellos que no esquiaban en la “semana de la nieve”.


Desde lo alto, Efrén, que despertó con el alba su cuerpo y su instinto de supervivencia, no pudo evitar ver toda aquella marabunta de posibles infectos. El miedo se apoderó de su mente a la vez que agudizaba sus sentidos.

Toda la mañana se mantuvo alerta. También durante la comida de los niños. No hizo más que observarlos. Los pequeños comenzaron a desperdigarse, ovejitas inocentes en pastos de Azazel.

Un niño se despistó del grupo. — ¡Dios mío! — se dijo Efrén — Me está buscando. — Sí, Paquito estaba muy enfermo, tosía, estornudaba y soltaba mocos a borbotones. Él lo sabía muy bien. Estaba en fase terminal, de verdad.

Paquito subía y subía, quería ser más alto que nadie. Nunca paraba. Como decía su madre: “le pica el culo y no puede estarse quieto”. Tenía que ver qué se veía desde lo alto.

Efrén lo tenía cerca. El niño trepaba con gráciles saltos cual gazapo. Era como una bomba de relojería andante con un único objetivo… él lo sabía.

— Está muy enfermo, y sufriendo mucho… y quiere, necesita contagiarme. Santa María, madre de Dios, ruega por vosotros pecadores, ahora que es la hora de vuestra muerte ¡¡KABUM!!

El frágil conejillo había sido abatido. Tomando las precauciones necesarias, Efrén arrastró a Paquito hacia su guarida. La cabeza de Paquito no era ni por asomo la del feliz infante que había llegado aquella mañana al pantano, ahora algo viscoso y blanco dejaba un misterioso reguero a modo de siniestras señales de su muerte. Efrén sabía que la expresión de sus ojos revelaba cierto agradecimiento post-mortem, ya que su mirada al cielo en éxtasis no dejaba lugar a dudas. Pese al shock, Efrén era feliz por segunda vez, y no última.


Era la hora de pasar lista y los niños diligentes se disponían en filas. La profesora en prácticas, Matilda, Tenía la ardua labor de hacer un recuento riguroso antes de la partida.

— ¿Dónde está Paquito? —.

— No lo sé, seño. — Dijo una chiquilla más bien entrada en carnes.

Tras echar unos vistazos a los alrededores y comprobar que no había rastro alguno del desaparecido, Matilda sacó la ficha y llamó al móvil de Paquito.

Tiruriruriruriruriru…

Efrén salió de sus pensamientos con un súbito sobresalto. Un teléfono. Una grieta en su realidad amenazaba con abrirse, pero el inconsciente de Efrén era ahora el órgano en el que se habían delegado todas las potestades de pensamiento racional de tal forma que las ideas que se le ocurrieron a continuación parecieron surgir en él por inspiración divina.

Cogió el teléfono. — ¿Sí?. —.

— Umm, ¿quién es usted? ¿No es el móvil de Paquito? —.

Efrén dudó unos instantes. Al cabo, su boca se movió.

— Sí, soy su padre, está castigado, le he dado su merecido. —.

— No sea así, hombre, pero si él estaba con nosotros ¾ dijo profundamente sorprendida.

— Pues hace un rato que a aparecido por casa. Hablaré muy seriamente con la dirección sobre su comportamiento negligente, señorita. —.

TUUUUUUUUT…

Efrén reconoció al instante cuál era el sendero que había de seguir, la salvación debía llegar a todos aquellos que Dios le enviaba.


A las cinco de la tarde el moderno autobús del colegio arrancó. Dentro de él, varias cabecitas inquietas fermentaban el caldo de contaminación que sin duda les llevaría a la muerte. «¡Santo Dios, no se daban cuenta de que estaban condenados!».

A las cinco y siete minutos de la tarde el autobús lleno de niños se salió de la carretera. Alguien había colocado una enorme cantidad de piedras en el recodo de una curva. Ahora el autobús yacía en el fondo del barranco, del que emergían gritos desgarradores de angustia. Efrén sentía tanta lástima que bajó para acabar con el sufrimiento de los que aún se retorcían bajo los hierros.

Con lágrimas en los ojos, y ante las esperanzadas miradas de algunos chiquillos que le rogaban, sacó el mechero y prendió fuego al charco de combustible que había junto al vehículo. Luego se quedó un buen rato, hasta que sólo el resplandor de la hoguera recordó que aquello era un atardecer.


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viernes, enero 22, 2010

El Necropolita - II

II


Efrén movía la cabeza convulsivamente. Adelante y atrás, adelante y atrás. Visto desde un lado parecía estar meciéndose en una inexistente mecedora (en su caso era posible) o incluso imitando a algún célebre personaje de la mitología urbana.

«Tengo que hacer algo, tengo que hacer algo». La expresión de su mirada, perdida en el vacío, recordaba las esfinges del antiguo Egipto aunque en movimiento.

«La gripe asesina. Tengo que pensar. Soledad muerta. Deprisa. Pensar. Gripe asesina. Muerte. Dolor. Muerte. Cielo. Infierno. Ángeles. Dios. Jesucristo. María. ¿María? ¡Claro, María!».

Efrén sabía donde encontrar a María. Estaba escondida en el armario (Soledad tenía miedo de ella), Pero estaba seguro de que aún se encontraba allí, esperándole.

Con sumo cuidado sacó todos los cachivaches del armario empotrado hasta que al fin quedó al descubierto una vieja funda de imitación piel. Al abrirla, Efrén se dio cuenta que estaba algo raída por la humedad, aunque luego comprobaría que aquello que contenía no había perdido ni un ápice de vitalidad.


¡María Auxiliadora, su escopeta de cazar conejos los domingos!


María Auxiliadora había sido bendecida por la mano de Dios. Eso lo sabía muy bien Efrén, no era ningún bisoño. Pero ahora comprendía perfectamente por qué Dios le había concedido ese báculo de poder: él era muy importante y debía protegerse del peligro mortal que acechaba tras el horizonte, la gripe asesina.

Decidió que no había tiempo que perder y a las cinco de la tarde ya se había preparado un completo equipo de supervivencia para unos meses. Al igual que Moisés, se encaminó hacia las montañas en pos de la salvación. Pero Efrén conocía a la perfección la sierra en torno a la ciudad de Elche. Se estableció en la necrópolis íbera cercana al pantano, perfecta trinchera y hermoso y santo lugar extremadamente cercano a Dios. Sólo cabía esperar… atento.

Oscureció, pronto su cabeza “organizada” se despreocupó de enfermedades, del fin, y se lanzó a un sueño a través de pasillos, puertas y se folló a su madre y mató a su padre y…


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viernes, enero 15, 2010

El Necropolita - I




EL NECROPOLITA


Una historia casi real en Elche del 2010





Autores:
Francisco Marí Coig
Juan Pastor Serrano


Los personajes, hechos y situaciones que aparecen en este relato son pura ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.


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I



“Nacemos locos; luego adquirimos una moral y nos volvemos estúpidos e infelices; después morimos.”

Atribuida a un psicoanalista inglés anónimo.




Trompetas y tambores, junto a atronadores y terribles ruidos sintetizados retumbaban en la televisión. Eran los comienzos de tan amenos anuncios electorales, que nos hacían pasar un buen rato de sobremesa durante unos pares de semanas.

A esta maravillosa programación, aquel día 17 de enero del año 2010, le acompañaba una noticia agradabilísima: “Ya son 29 los muertos a causa de la gripe asesina que causa estragos por doquier, al sur de la Gran Bretaña, — locucionaba la periodista ante nuestro afable protagonista — y aumentan los enfermos de forma exponencial. Cof, cof. Perdón. Los hospitales se hayan colapsados en este estado, por lo que ha pedido ayuda a Francia... — la voz se desvanecía, pero retornó con mayor nerviosismo... — Dios tenga piedad de nosotros. Sólo nos queda su misericordia infinita, a veces, y que se apiade de nosotros. La expansión de la gripe asesina es inexorable y según los últimos indicios está desembarcando en España. Presten atención a su entorno y no bajen la guardia. Después de la publicidad: el fútbol”.

Una mano sudorosa accionó el botón de desconexión del mando a distancia. — “¡Una gripe asesina!” — exclamó el individuo ante el televisor. Sólo contestó el silencio. Si era verdad lo que contaban las noticias... no podía quedarse ahí parado. ¡Tenía que hacer algo!. Porque estaba claro que la locutora había dicho exactamente eso — “¡¡Una gripe asesina!!” —.


— Efrén, ¿qué es lo que estás diciendo? —.

Aquella voz provenía de la cocina y Efrén la conocía muy bien. Era la de su mujer, Soledad.

— ¡Soledad, la locutora de la tele ha dicho algo terrible! —.

Efrén se incorporó, y fue hasta la cocina. Soledad le esperaba sentada en una mecedora, escuchando la radio.

— ¿Qué es eso tan terrible?, venga... —.

Efrén la miró con la expresión del que mira un descarrilamiento.

— Una enfermedad mortal viene hacia aquí. Ya han muerto muchas personas... —.

Soledad no le dejó continuar.

— Vamos, Efrén, que nos conocemos. ¿No será otra de tus manías extrañas? —.

— ¡No puede ser! ¡Lo ha dicho la tele! —.

En la radio sonaba una vieja canción de los ’70, en la que la depravada voz de algún drogata se esforzaba por rugir: “Break on through to the other side, break on through to the other side...”.

— Soledad, ¡creo que esta vez va en serio! —.

— Ya, claro, como siempre. ¿Por qué no te calmas y te preparo una tila? —.

Efrén sudaba copiosamente y tenía ambos ojos inyectados en sangre.

— ¡No quiero una puta tila, quiero que me escuches! ¡¡Vamos a morir!! ¿No lo entiendes? —.

Los gritos habían resonado con fuerza en las viejas paredes del piso. Casi parecía que seguían en el aire cuando cesaron. Soledad habló por fin, suavemente.

— Venga, hombre, no te pongas así. Pero lo más probable es que hayas oído algo sobre una enfermedad y lo hayas, cof, cof, malinterpretado.—.

Soledad había tosido. Soledad había tosido y Efrén lo había oído. Era tos... era tos, no tenía nada de malinterpretada. Quería decir exactamente lo que quería decir.

— Soledad, date un momento la vuelta — exclamó Efrén. Soledad obedeció. Y entonces la golpeó. Y no solo eso. Cubriéndose la boca y la nariz con un pañuelo, la arrastró hasta la bañera y la cubrió con salfumán. Cuando terminó la desinfección, se echó a llorar como un niño. — ¿Por qué le ha tenido que tocar a ella?, ¿por qué? —.


Efrén estaba llorando. Pero también estaba loco. Tanto que no se daba cuenta de que lo que estaba en la bañera deshaciéndose no era su mujer. De hecho era una silla. Una silla cuya destrucción había terminado a su vez con la pequeña parte de su cerebro que aún resistía asustada frente a los ciegos ataques de la sinrazón. Claro que esto era muy distinto a la verdad que él percibía. La única verdad realmente…



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domingo, enero 10, 2010

El Necropolita (versión original)

He aquí las 10 únicas copias manuscritas de "El Necropolita".

Tal día como hoy se comenzó a escribir esta obra de culto, que algún día será considerado un incunable. Estas dos primeras páginas son el bosquejo de la historia. Ya sabéis, cuidado al leerlas, puede que no estéis preparados.






Nota del autor: la fecha del manuscrito está en la esquina superior derecha. :P

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martes, enero 05, 2010

El orden coactivo y soberano


"El derecho es el orden coactivo y soberano de la conducta"
(Hans Kelsen, "Teoría Pura del Derecho")



Hans Kelsen era un jurista que vivía en un lugar llamado Colonia. Un día los Malos llegaron al poder y se tuvo que ir bastante rápido. De su magnífica Teoría del Derecho emana, entre tantas, una simple sentencia: "Toda norma implica una sanción". Osea, el incumplimiento de una norma jurídica siempre acarrea una sanción de algún tipo. Si no, no es una norma jurídica.

Creo que dicha idea de Kelsen es aplicable a todas las normas, sean o no jurídicas. Guardamos el sitio en la cola por si nos llaman la atención, los creyentes rezan para no morir abrasados en las llamas del infierno, somos corteses con los demás porque nos enseñaron desde pequeños a que lo contrario implicaba una reprimenda o un castigo. Y la sanción, que en sí puede no ser severa, ha creado un monstruo bastante más crecido: el miedo.

Tenemos miedo. Obedecemos por miedo en última instancia. Creemos que toda norma implica una sanción y no queremos ser sancionados. No miramos la norma, no analizamos su justicia o conveniencia, no la sometemos a examen, no la diseccionamos. Lo único que nos interesa es su sanción y dependiendo de ésta así será nuestro grado de obediencia. Si sabemos que tras la norma está "El hombre del saco", ponemos todos los medios para no encontrarnos con él. Somos pequeños y estamos asustados.

La vida nos pone una espada en las manos y le va quitando el filo poco a poco. Si seguimos teniendo miedo y seguimos estando ciegos, la próxima vez que algún Malo se alce pidiendo a la gente que use sus espadas, quizás la nuestra estará oxidada, olvidada... y no podremos defendernos.












sábado, diciembre 26, 2009

Décimo aniversario de "El Necropolita"





n conmemoración del décimo aniversario del primer manuscrito
de "El Necropolita", publicaremos en este blog, durante la primera semana de enero de 2.010, el original manuscrito (en algunos tramos con sangre de universitarias vírgenes) de esta obra elucubrada por Paco y un servidor. Durante las semanas siguientes, publicaremos los capítulos uno a uno cada viernes, para el deleite de los más intrépidos, en formato legible.

Aviso con tiempo para que aquellos que piensen que su cordura no se encuentra en el mejor estado, se abstengan de leer página alguna de este compendio de la sinrazón pues, al igual que el Necronomicón, su sola lectura podría provocarles la locura y la muerte. Creemos que la versión mecanografiada no tiene como consecuencia la muerte, tan solo la locura incurable, mas no está comprobado.

lunes, diciembre 07, 2009

AGITATO


Agitato no tuvo una infancia sencilla. Siempre fue un "niño viejo". Ya entonces era un gran comedor de sandías y un gran violador.

Una noche, a la tierna edad de quince años, Agitato se encontró con Dios. No se entendieron.
-Agitato, dijo Dios.
-Dime, contestó nuestro amigo
-Agitato, soy Dios [Silencio dramático]. Vengo a decirte que tienes un problema. ¿Sabes de qué te hablo, verdad?
-Sí..., dijo Agitato avergonzado...como muchas sandías y cometo muchas violaciones, es eso no?
-Comer muchas sandías no es pecado, Agitato. En cambio, lo de la violación... al menos debes esperar a casarte.
-No, ya no lo haré jamás, dijo Agitato cabizbajo...¡Nunca me casaré!

lunes, noviembre 30, 2009

DAY OFF




" Love is the only answer, hate is the root of cancer then..."
YES. ("Yessongs, 1968.)




Es posible que no tenga razón. SEGURAMENTE no la tengo. Pero he tenido una idea para arreglar los problemas del mundo. Claro que sí. Mi plan se llama "DAY OFF". Básicamente consiste en declarar un día sin leyes a nivel global. Es decir, ese día, el derecho se iría de vacaciones junto a la justicia y las fuerzas del orden. Se irían lejos, muy lejos, tanto como fuera necesario para no oír los gritos.

Algunas personitas pensarán que el "DAY OFF" es algo totalmente descabellado. Claro que sí. Pero eso es porque tienen miedo. Miedo a la libertad. Y seguramente más miedo aún a que la libertad de los demás colisione con la suya violentamente.

Casi puedo cerrar los ojos y vislumbrar ese día. Los olores, los sabores, la humanidad evolucionando al fin. !Qué paz!

Miles de hogueras, cánticos en honor a la madre tierra, al dios carnero, cultos a dioses que no nos juzgan y no tienen nada que perdonarnos. Grandes columnas de humo negro aguantando el convulso techo del firmamento.

Sangre. Claro que sí. Yo no tengo miedo. ¿lo tienes tú?

martes, octubre 13, 2009

LEONARD "COENT" EN VALENCIA



El mes pasado fui a Valencia a ver a Leonard Cohen, hasta aquí todo normal. Durante las tres primeras canciones, me llamó la atención que a ratos se ponía de cuclillas para cantar, era muy extraño. Como yo nunca había visto ningún vídeo suyo, supuse que aquello formaba parte del espectáculo, extraño suponer... así que tomé como opción más posible el hecho de que estuviera enfermo o tuviera que ir a cagar. El caso es que cuando iba por mitad de la cuarta, se desmayó. Los músicos se agolparon en su derredor para auxiliarle, y el público mirábamos con unos ojos híbridos entre lástima, morbo de pensar que quizá habíamos visto morir al mismísimo Leonard Cohen, y odio por la pasta que valía la entrada. Se lo llevan a la parte de atrás del escenario y traen como un biombo de tela para que no viéramos lo que le hacían. Al rato sale el organizador diciendo que ha sido solo una indigestión y que en breve tendremos noticias sobre si sigue o no el concierto. Al cabo de media hora, nos dice que Leonard quería seguir, pero que le han recomendado que no, que sería una locura. Así que se lo llevaron a un Hospital y a los pocos días nos devolvieron la plata, porque evidentemente aquel tipo no iba a volver a Valencia: el último concierto de la gira era en Barcelona, unos días después.





Es luctuoso saber que probablemente no hará más giras (tiene 75 tacos), ¿por qué no más conciertos? Pues muy sencillo, porque aquello no fue una indigestión, fue un infarto: evidentemente. El tipo llevaba 3 meses de gira cogiendo un avión cada 3 o 4 días: ni Jim Morrison habría aguantado tanto.
Nunca podré escuchar Suzanne en concierto.
Vocaliza tan perfectamente que se le entiende todo, así que la he subtitulado en arameo (para que aprendáis a jurar).



Editado por Eljón: Me ha parecido interesante esta retransmisión y como tiene relación con el artículo, te la pego.

Carne Cruda: Especial Leonard Cohen (22 Octubre 2009)